
Gestionar emociones no es tan sencillo como a veces parece. Las emociones no aparecen de la nada: suelen surgir como respuesta a situaciones que vivimos, decisiones que tomamos o problemas que intentamos resolver. Por eso, hablar de gestión emocional implica adentrarse en un proceso mucho más amplio: cómo afrontamos aquello que nos ocurre.
Navegar el mundo emocional puede resultar complejo y, en muchos momentos, frustrante. A menudo todo parece abstracto, difícil de entender e incluso fuera de nuestro control. Sin embargo, gran parte de esa sensación de confusión surge del desconocimiento.
Aunque las emociones puedan parecer caóticas, la psicología lleva décadas estudiando cómo respondemos ante las dificultades y qué estrategias utilizamos para afrontarlas. Cuando nos enfrentamos a un problema, generalmente tendemos a actuar desde dos caminos principales: intentar cambiar la situación que lo provoca o intentar cambiar cómo nos hace sentir. Aunque muchas veces no lo pensamos de manera consciente, estas dos respuestas representan los principales estilos de afrontamiento descritos por la psicología.
Los estilos de afrontamiento son las estrategias que utilizamos para gestionar situaciones que generan estrés, conflicto o malestar emocional. Comprenderlos es muy importante para desarrollar una gestión emocional saludable.
Los dos grandes estilos de afrontamiento
De forma general, el afrontamiento se divide en dos categorías: centrado en el problema y centrado en la emoción.
El afrontamiento centrado en el problema implica actuar directamente sobre la situación que genera el malestar. Incluye conductas como buscar información, tomar decisiones, planificar o aplicar soluciones concretas con el objetivo de reducir o eliminar la causa.
Por otro lado, el afrontamiento centrado en la emoción busca modificar el impacto emocional de la situación. No pretende cambiar lo que ocurre, sino regular cómo lo vivimos internamente, reduciendo la intensidad del malestar para poder sostener la experiencia.
Ambos estilos son necesarios y cumplen funciones distintas. La solución no está en elegir uno u otro, sino en saber cuándo utilizar cada uno.
Afrontamiento centrado en la emoción: regular antes de actuar
Las estrategias centradas en la emoción funcionan como un apoyo inmediato cuando las emociones son demasiado intensas o cuando la situación no puede cambiarse en ese momento. Ayudan a recuperar calma, claridad mental y equilibrio emocional.
Entre las principales estrategias de este tipo se encuentran:
- La evitación: consiste en alejarse física o mentalmente de una situación cuando resulta desbordante. Puede ser útil de forma temporal, siempre que no se convierta en una respuesta permanente.
- La distracción: permite redirigir la atención hacia otra actividad para aliviar nuestras emociones y evitar pensar constantemente en la situación, como salir a caminar o escuchar música para tomar distancia antes de volver al problema.
- La reevaluación cognitiva: se trata de aprender a mirar las situaciones de otra manera para cambiar cómo nos sentimos. Por ejemplo, en lugar de pensar “esto demuestra que no sirvo para nada”, podemos pensar “no salió como esperaba, pero puedo aprender de ello”. Esto nos ayuda a sentirnos menos abrumados sin que cambie lo que realmente pasó.
- La expresión emocional: nos ayuda, a través de la palabra, la escritura o la creatividad, a liberar tensión acumulada y sentirnos más tranquilos.
- La aceptación: supone reconocer la emoción sin juzgarla ni intentar eliminarla, reduciendo la lucha interna que suele intensificar el malestar.
- El autocuidado: busca restaurar el equilibrio emocional mediante acciones de contención y cuidado personal.
Estas estrategias son especialmente útiles cuando necesitamos calmarnos antes de actuar o cuando no tenemos control directo sobre la situación.
Afrontamiento centrado en el problema: intervenir sobre la causa
Cuando la situación es manejable o puede modificarse, las estrategias centradas en el problema permiten abordar directamente la fuente del malestar.
Entre ellas se encuentran:
- La resolución de problemas: implica identificar el conflicto, analizar opciones y aplicar soluciones.
- La búsqueda de apoyo instrumental: orientada a pedir ayuda práctica o información.
- La planificación: que organiza pasos y anticipa obstáculos.
- La confrontación: que supone enfrentar la situación con firmeza y decisión, evitando la postergación.
Estas estrategias aumentan la sensación de control y favorecen una resolución más eficaz, siempre que se utilicen desde un estado emocional suficientemente regulado.
La importancia de combinar ambos estilos
Utilizar únicamente estrategias emocionales cuando un problema tiene solución puede generar alivio momentáneo, pero no resolver la situación. Del mismo modo, intentar actuar sin regular antes las emociones puede llevar a decisiones impulsivas o poco eficaces.
Por ello, el aprendizaje emocional consiste en desarrollar flexibilidad: saber cuándo regular para sostener y cuándo actuar para cambiar.
Cómo lo trabajamos en jóvenes con Akisei
En Akisei llevamos este aprendizaje al día a día de niños y adolescentes, combinando educación socioemocional, tecnología y base científica para ayudarles a entender cuándo regular sus emociones y cuándo actuar.
A través de experiencias interactivas y cercanas a su realidad, fomentamos una gestión emocional práctica que contribuye a su bienestar y desarrollo dentro del aula.
Comprender esta flexibilidad emocional forma parte de un proceso más amplio de crecimiento.
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